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Misión en África. La descolonización de Guinea Ecuatorial (1968-1969)

 Libro de Rafael de Mendizábal Allende

Misión en África. La descolonización de Guinea Ecuatorial (1968-1969)

©Agencia Estatal Boletín Oficial del Estado y Real Academia de Jurisprudencia y Legislación

Misión en África es el relato minucioso y objetivo de los seis primeros meses de la República de Guinea Ecuatorial, desde la proclamación de su independencia el 12 de octubre de 1968 hasta la desaparición total de la presencia española, con el fracaso estrepitoso de la descolonización y la voladura de la constitución democrática (5 abril 1969). El autor, Rafael de Mendizábal, había llegado en los primeros días como Asesor del Presidente de la República para construir el nuevo Estado, a petición suya por vía diplomática y propuesto por el Gobierno de España, con la aceptación expresa de Francisco Macías. El así designado era, a la sazón, Presidente de la Sala de lo Contencioso-administrativo en Burgos del que hoy es Tribunal Superior de Justicia. Había sido funcionario del Cuerpo General de Administración de la Hacienda Pública y Contador Diplomado del Tribunal de Cuentas. Ingresó luego en la Carrera Judicial con el nº 1 de su promoción.

La narración día a día refleja, por una parte, el encuentro del cronista con el África negra que marcaría indeleblemente el resto de su vida, y simultáneamente los últimos estertores de la vida colonial con reconocimiento del gran esfuerzo desarrollado por los españoles para construir ese país. En definitiva, lo sucedido en esos seis meses hasta el estallido final, sus causas y sus protagonistas. Es un testimonio personal y directo, con los criterios del momento, sin mezcla con la visión posterior ni ocultación alguna, marcando aciertos y errores objetivamente.

Un testimonio único por la autoridad de quien lo presta, su posición privilegiada y su realismo implacable, que no pudo ser publicado durante los años del “apagón informativo” sobre aquel país y lo allí acontecido, calificado como “materia reservada”. Es claro y rotundo pero nunca agresivo porque busca la comprensión de personas y acontecimientos, escrito en un lenguaje asequible, que busca la llaneza o sencillez cervantinas, y que se lee con fluidez por la cuidada dosificación de los temas y su inteligente alternancia. Un reportaje anticipado de lo que luego sería este libro, los siete artículos publicados “La Voz de Castilla” entre el 13 y el 21 de abril de 1969, en caliente, fue prohibido el 9 de mayo por el Consejo de Ministros, pero obtuvo meses después el premio Nacional de Periodismo “África” de aquel año, otorgado por el Instituto de Estudios Africanos.

 

PRÓLOGO DE

José Antonio Escudero

Presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España

Traspuestos los siglos medievales, la historia de Guinea Ecuatorial entra en la órbita de la expansión de Portugal y Castilla en el Atlántico, y en particular de las expediciones portuguesas por la costa de África en busca del camino a la India. Los portugueses recibieron así en 1455 del papa Nicolás V una bula, la Romanus Pontifex, que les concedía la propiedad de las islas y tierras que descubrieran desde los cabos de Bojador y Num, navegando hacia el sur, mientras Castilla dirige la proa de sus barcos hacia occidente y ocupa las Canarias como un preludio de la magna gesta americana. De esta suerte, portugueses y castellanos navegan en aguas del Atlántico, en zonas unas veces de precisa pertenencia, y en otras de pertenencia dudosa y confusa, surgiendo en consecuencia conflictos entre ambos reinos, resueltos fundamentalmente en el Concilio de Basilea(1455), que adjudica las Canarias a Castilla, y en el Tratado de las Alcaçovas (1479) que reitera el dominio de Castilla sobre Canarias y otorga a Portugal «la posesión e casi posesión en que están en todos los tratos, tierras, rescates de Guinea, con sus minas de oro, e cualesquier otras islas, costas, tierras descubiertas e por descobrir… e cualesquier otras islas que se fallaren o conquirieren delas islas de Canaria para baxo contra Guinea». Descubierta América, la famosa bula Inter cetera II de Alejandro VI, de 1493, dividió el mundo en dos por una raya imaginaria de norte a sur, situada a cien leguas al oeste de las Islas Azores y Cabo Verde, concediendo a Castilla lo que descubriera al oeste y a Portugal lo que descubriera al este. Tal división, modificada por el Tratado de Tordesillas(1494), dejará a partir del siglo xvi en la zona portuguesa los territorios del oeste, sur y este de África. Trescientos años después, a fines del xviii, los Tratados de San Ildefonso (1777) y El Pardo (1778) conceden a España la soberanía de las islas de Fernando Poo y Annobón, con derecho a comerciar en el Golfo de Guinea.

Comienza con ello la etapa española, de casi dos siglos, marcada por diversas vicisitudes (forcejeos con las pretensiones británicas y reajustes administrativos con la unión de los territorios insular y continental), llegándose así a mediados del siglo xx, cuando, bajo el régimen de Franco, los territorios españoles adquieren en 1959 la condición de provincias ultramarinas y la Ley articulada sobre régimen autónomo de la Guinea Ecuatorial, de 1964, reconoce ese régimen autónomo de las provincias africanas, cuyos naturales «tienen los mismos derechos y deberes reconocidos a los demás españoles por las Leyes fundamentales», con la excepción de un servicio militar voluntario y el reconocimiento de «las prácticas consuetudinarias relacionadas con el estado civil de las personas». Pero pese a esta armadura institucional, las tensiones internas y la petición de la ONU, llevaron a considerar deseable o inevitable la independencia, que habría de ser pilotada por una Conferencia Constitucional. En agosto de 1968 se celebró el referéndum sobre la Constitución, aprobado por amplia mayoría, y a fines de septiembre fue elegido presidente de la nueva República de Guinea Ecuatorial un líder tribal, Francisco Macías Nguema, España había perdido Guinea. Ese nuevo Estado formalmente nació a las doce horas del doce de octubre del mismo 1968

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Por aquel entonces, en fecha tan significada y tan a contracorriente de los aires triunfales de la Hispanidad, muy lejos de esas posesiones ultramarinas perdidas, en una ciudad del corazón de Castilla, en Burgos, el autor de este libro desempeñaba la presidencia de la Sala de lo Contencioso-Administrativo de la Audiencia Territorial. Rafael de Mendizábal Allende, oriundo de Jaén, era ya un joven y brillante jurista. Desde entonces, como es inevitable, su juventud ha ido a menos, bien es verdad que a poco menos, pero su ciencia y sabiduría han ido todavía a mucho más, como podemos comprobar a diario sus compañeros de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España. Entre aquellos años y éstos de la Academia, don Rafael acredita una hoja de servicios impecable y admirable. Por decir algo, recordaré que ha sido magistrado del Tribunal Constitucional, presidente de Sala del Supremo, presidente de la Audiencia Nacional, juez del Tribunal europeo de Derechos Humanos, consejero del Tribunal de Cuentas y vocal permanente de la Comisión General de Codificación. Y por otro lado, subsecretario de dos Ministerios, el de Educación y Ciencia y el de Justicia. Esto para subrayar que él es un hombre del Derecho y de la Justicia, y sobre todo un juez y un hombre de Estado. Y de hombre de Estado ejercerá en aquella coyuntura guineana, cuando, con ocasión del nacimiento de la nueva República, y de la solicitud de su primer presidente Macías al gobierno de España de que se le facilitara un experto asesor para colaborar en la «organización de la Administración Pública y de la Administración de Justicia», los rectores del Ministerio de Asuntos Exteriores propusieran para ello a nuestro magistrado burgalés. Mendizábal cambió así la fría vega del Arlanzón por los bosques tropicales de Bioko, y se convirtió en Asesor del Presidente Macías de cara a diseñarlas estructuras del Estado y la Justicia de la nueva República. Algo que empezó bien y debía durar dos años, y que no terminó bien y duró unos pocos meses. En cualquier caso, una peripecia inusual y apasionante, de la que da cuenta en este libro que, por lo pronto, resulta fundamental para conocer los entresijos de la aparición de la República de Guinea Ecuatorial en el concierto internacional, y el contrapunto de la política española de aquel tiempo.

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El libro, tal como el autor lo presenta, es tanto una representación escénica que consta de tres actos (Misión en África; Bajo la Cruz del Sur; El bastón de Balduino) y dos centenares de episodios, como un gran cuadro compuesto de doscientos seis cuadros pequeños. A la manera de esos «cuadros de cuadros», como el célebre de Teniers sobre «El Archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pintura en Bruselas», el cuadro global de la experiencia africana de Mendizábal da cabida a esos dos centenares de cuadros pequeños, ordenados por lo que allí va sucediendo con el transcurso del tiempo, por los avatares de esa construcción del Estado y del aparato judicial, por la descripción geográfica y delas personas, o bien simplemente por la sucesión de impresiones de un viajero sensible y atento. Un «cuadro de cuadros», pues, pero también, si nos vamos a otra de las artes bellas, la música, una melodía de melodías, imitando el estilo de alguna de esas obras plurales y heterogéneas que han llegado hasta nosotros, como los Cuadros de una Exposición de Mussorgsky, en las que no hay una melodía común pues lo que realmente es común es el genio del compositor. La construcción literaria, por su parte, a base de múltiples descripciones, ofrece una pluralidad temática, real por una parte y aparente por otra. Real porque se habla de viajes, de política (alta y baja), de etnología, filología o meteorología, de tribunales, fiestas o folklore, de personajes muy admirables o nada admirables, de cosas trascendentes o anecdóticas, etc., etc. Pero también pluralidad aparente porque en el fondo todo está visto a través de una misma pupila, la del ilustre jurista jiennense reconvertido ahora en historiador. Múltiples paisajes, pues, y un único observador.

Siendo ese el contenido del libro, un caleidoscopio con múltiples espejos, resulta imposible para el comentarista referirse a todos o a buena parte de los episodios, peripecias y personas. Eso queda para el lector que al final de su grata tarea, la lectura, conocerá mejor Guinea, y además conocerá mejor a un personaje tan interesante y sugestivo como el autor. Por eso vamos a espigar media docena de temas que se encuentran desparramados en estos centenares de páginas. En primer lugar las personas, los políticos. Ni que decir tiene que la figura central del libro –descontando, claro está, quien lo escribe y narra lo que sintió e hizo como supremo Asesor-, es el Presidente Macías, el Asesorado, un antiguo alumno de los claretianos y luego un cumplidor funcionario colonial. En principio, y así se nos cuenta, las relaciones de Macías con Mendizábal, y también con nuestro embajador y a la postre con España, fueron buenas. Luego la cosa cambió y, presa de los inexorables desvaríos que acompañan a la política y a los políticos, de su personalidad quizás esquizofrénica, el Presidente mudó la actitud cayendo en el torbellino que le condujo a un final fatal. También, entre los personajes guineanos se da buena cuenta de los ministros y altos funcionarios, interlocutores de Mendizábal, afines o contrarios a Macías. Aquéllos que, con Macías como líder, contribuyeron a la liquidación de la transición política que debía abocar a una República independiente y moderna, para arrastrar al país a la tolvanera de inestabilidad y desorden que se llevó por delante las relaciones con España y la vida del tornadizo Presidente. Los protagonistas, en definitiva, de las asonadas y revueltas, o, si se quiere, de la Revolución, aunque no sea yo de los que gustan llamar Revolución a cualquier cosa. En este dramatis personae, por supuesto, están los españoles que de lejos o de cerca tuvieron que ver con los acontecimientos: el general Franco en Madrid, quien en la primera etapa mantuvo buenas relaciones con Macías, los ministros de Asuntos Exteriores y Justicia, y el Presidente del Tribunal Supremo. En Santa Isabel, además de nuestro admirado Asesor, el embajador Durán Lóriga, un grupo de figurantes de segunda fila y también, porque en la vida hay de todo, una pareja de insignes zascandiles, compuesta por un tal Antonio García-Trevijano, que ejerció de asesor paralelo y subrepticio, y el enigmático Francisco Paesa, expertos ambos en las difíciles artes de la gramática parda.

En segundo lugar, el libro da fe de que Mendizábal trabajó siempre con competencia y con empeño, como lo prueba el hecho de que a la semana de llegar, la Asamblea Nacional ya había aprobado una Ley de Régimen Jurídico de la Administración del Estado preparada por él. Su tarea, además, desbordó las previsiones del estricto diseño de la arquitectura del Estado y de la Administración de Justicia, pues se le pidieron muchas y muy distintas cosas y a todas hubo de atender con competencia y diligencia. Redactó así textos tan llamativos como una ley para regular las inversiones de capital extranjero, o un Plan de Desarrollo Económico, pero en alguna otra ocasión puso en negro sobre blanco aconsejables medidas de seguridad y policía interna, como una orden que prohibía llevar armas. En la vida cotidiana, surgía así cualquier problema y el omnipresente Asesor era llamado, bien para despacharlo a solas con el Presidente o bien para asistir a reuniones especializadas o sumarse incluso a las del Consejo de Ministros.

Mendizábal trabajó además inmerso en el contexto social y político guineano, manteniendo una tupida red de relaciones personales con unos y con otros, sin encerrarse en la tentadora torre de marfil que tantas veces es refugio de los extranjeros inadaptados. El Asesor estuvo muy al tanto del mundo mediático, como lo prueban sus continuas referencias a lo que decía la prensa (diarios Ébano y Potopoto) o a los comentarios de la radio y la televisión. Trabajaba mañana y tarde pero era asiduo del Casino español e incluso se dejaba ver en el «Club Fernandino», exclusivo de los guineanos. Una personalidad, en definitiva, integrada en la sociedad que le había acogido. Amante del teatro (allí el llamado Misión en África. La descolonización de Guinea Ecuatorial (1968-1969)19Teatro de la Moncloa) y, sobre todo del cine, afición que ha mantenido hasta hoy  y que muchas veces es trasfondo de sus agudas comunicaciones a la Academia. Y una personalidad, en fin, la de don Rafael, integrada y por lo mismo informada de cuanto pasaba, lo que le confiere un plus de autoridad para contar qué sucedió en Guinea en aquel complicado bienio del 68-69.

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¿Cuál es el balance del libro? Poco antes del traumático regreso a España con buena parte de sus compatriotas, el autor comenta con un deje de amargura: «Mi sueño de construir un país democrático de piel oscura y cultura hispánica en el África ecuatorial se había hecho añicos». Eso quiere decir que Mendizábal se empeñó personalmente en aquella arriscada empresa, que ahora rememora, y que la interiorizó y asumió como propia. Pero la empresa, la descolonización racionalmente reglada, fue un fracaso que él atribuye a varias causas y entre ellas a la frustración de un insuficiente régimen autonómico, concebido como preparatorio de la independencia, a no determinar con buen tino y calma la estructura del Estado que se pretendía crear y que debió ser asumido antes por personal indígena formado en España, así como a no reeducar a los colonizadores que habían de servir a la República venidera. En suma, entiendo yo, a la improvisación y a las prisas. Lo de siempre.

Con independencia de los errores cometidos por los políticos españoles, y delos desafueros de Macías y otros con ocasión de la independencia, el libro es de sumo interés porque lógicamente no se trata de ofrecer una versión almibarada de la historia de la crisis africana, sino de contar los hechos como realmente sucedieron, o al menos como los vio un testigo privilegiado e independiente que al tiempo fue destacado protagonista. Decía alguien, creo que Leibniz, quien desde luego fue mucho más que alguien, que sólo conocemos bien lo que hemos visto nacer, es decir, las cosas en su status nascens. Con esta magnífica obra del Académico Rafael de Mendizábal, acreedor a nuestra felicitación y gratitud, podemos conocer bien a la República de Guinea porque la vamos a ver nacer en las páginas que siguen.

*Enlace para descargar gratuitamente PDF con el libro o leer online con licencia Creative Commons en la web del BOE

 

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